Muchas personas llegan a consulta hablando de comida: de lo que comen, de lo que evitan, de aquello que les da miedo, de las reglas que sienten que deben cumplir. También hablan de su cuerpo y de esa sensación de no poder dejar de pensar en él.

Sin embargo, cuando empezamos a profundizar, muchas veces aparecen otras cuestiones que van más allá de la alimentación: necesidad de control, perfeccionismo, ansiedad, miedo a equivocarse, dificultad para identificar o expresar determinadas emociones o una sensación constante de no ser suficiente.

Y entonces surge una pregunta diferente: ¿qué función está cumpliendo esta conducta más allá del deseo de tener un cuerpo determinado?

A veces sentimos que nuestra vida está del revés, que estamos perdidos en medio de un caos que parece imposible de ordenar. En ese contexto, encontrar algo que sí podemos controlar puede generar una falsa sensación de seguridad. La alimentación, precisamente por ser algo tan concreto y cotidiano, puede convertirse en ese espacio en el que sentimos que tenemos cierto control: algo que se puede medir, organizar, restringir, cumplir o modificar.

Y durante un tiempo, eso puede resultar tranquilizador. El problema aparece cuando el control deja de ser una elección y se convierte en una necesidad; cuando ya no sentimos que elegimos qué hacer, sino que necesitamos hacerlo de una determinada manera para sentirnos seguros. Entonces, las reglas comienzan a ocupar cada vez más espacio y nuestro bienestar empieza a depender de poder cumplirlas.

Además, no siempre sabemos qué hacer con lo que sentimos. Hay emociones que cuesta identificar, expresar o compartir; momentos de ansiedad, tristeza, enfado o vacío que no sabemos muy bien cómo manejar. En esas circunstancias, la preocupación por la comida o por el cuerpo puede convertirse en el centro de atención. No necesariamente porque queramos estar pendientes de ello, sino porque ocuparnos de algo tan visible y concreto como el cuerpo puede resultar más sencillo que enfrentarnos a aquello que sucede en nuestro interior y que, en ocasiones, ni siquiera sabemos nombrar.

Así, la atención se desplaza hacia el cuerpo y, durante un rato, todo lo demás queda en segundo plano.

A esto se suma que, en muchos casos, las conductas relacionadas con el TCA están vinculadas a una forma de relacionarnos con nosotros mismos basada en la exigencia. Ese «tengo que hacerlo bien» puede aparecer también en otros ámbitos de nuestra vida: necesitamos hacerlo perfecto, no equivocarnos y cumplir con unas expectativas cada vez más difíciles de alcanzar. Poco a poco, el problema deja de estar únicamente en la comida y empieza a afectar también a la forma en la que nos vemos, nos valoramos y nos hablamos.

Una conducta puede cumplir una función y, al mismo tiempo, hacernos daño. Que algo nos proporcione alivio, control o tranquilidad en un momento determinado no significa que sea beneficioso a largo plazo. De hecho, ese alivio inmediato puede contribuir a mantener el problema: después aparecen más preocupación, culpa, rigidez o una necesidad cada vez mayor de repetir aquello que, durante un instante, hizo que todo pareciera más manejable.

De esta manera, podemos entrar en un bucle en el que aquello que nos genera malestar termina convirtiéndose también en nuestra principal forma de aliviarlo. Con el tiempo, estas conductas pueden consolidarse hasta hacernos sentir que las necesitamos para funcionar, que forman parte de nuestra identidad o incluso que, sin ellas, no sabemos quiénes somos.

Por eso, salir de un TCA no consiste únicamente en aprender a comer de otra manera. También implica aprender a relacionarnos de una forma diferente con nosotros mismos: comprender que no necesitamos tenerlo todo bajo control para sentirnos seguros, que equivocarnos no determina nuestro valor, que podemos experimentar emociones incómodas sin tener que hacerlas desaparecer y que nuestro cuerpo no necesita ser perfecto para que podamos sentirnos suficientes.

Porque detrás de muchas de estas conductas no hay una falta de voluntad, sino una forma de intentar hacer frente a algo que, en algún momento, resultó demasiado difícil de sostener.

Entender qué función está cumpliendo un TCA no significa justificarlo ni resignarnos a él. Significa empezar a comprender qué necesitamos realmente y buscar formas más saludables de atender esas necesidades.

Y, poco a poco, descubrir que aquello que un día sentimos que nos daba seguridad también podía estar quitándonos libertad.

Porque un TCA puede llegar a ocupar muchísimo espacio en nuestra vida, pero no tiene por qué quedarse con ella.